¿Realmente
fui yo?
¿Cómo
puedo ser el culpable?
Bueno,
uno de los culpables
No
debo flagelarme
por
lo que hicieron mis anteriores.
¿O
es mi ego de nuevo?
¿Estoy
externalizando responsabilidades
de
nuevo?
¿Cómo
no noté los cambios?
¿Siquiera
los quería ver?
Ahora
no es más que un cadáver.
Su
detallada complejidad: disuelta.
Su
repetitiva diversidad: polvo.
Sus
melódicas armonías incoherentes: perdidas.
Su preferencia a lo vivo y a lo demás: viento.
Su
cruel piedad:
en
mi memoria.
Los
demás no fueron muy amables,
pero
fui yo quien pasó el límite.
No
hay duda de mi protagonismo:
aún
siento el placer entre mis manos.
Mi
mente excitada sonreía
y
me persuadía de la necesidad de mi acto,
mencionando
sus atrocidades pasadas.
¿O
habrá sido mi imaginación?
¿Y si
nunca existió?
Todo
parecía auténtico, pero…
¿Cómo
saber?
Si
era una fantasía,
¡entonces
tiene tanta vida como antes!
No.
No puede ser.
Es
muy detallado lo que había conocido.
Cómo
reaccionaba en cada punto.
Píxeles
que me daban su imagen completa.
Aunque
quizás idealizo también
su
lado más oscuro.
El
problema estuvo en la última explosión temperamental.
No
sé si duró un segundo o varios milenios, ni si era su plan,
pero
casi se podría decir que me obligó a hacerlo.
¿Tenía
otra opción?
Después
de todo, sólo quería escapar
del
horrible estado inicial.
Ya
ni recuerdo cómo era, pero
qué
aplastante se sentía.
Puedo
asegurar que la necesidad sobrepasaba mi capacidad.
Ahora
no tengo elección.
Luchar
para no caer con su muerte a algo peor que el pasado.
Sólo
seguir mi destino,
independientemente del
destino.
Olvidar
mis ambiciones superfluas e inmediatas.
Orientar
todos mis carentes recursos en la superación del presente.
Ordenar
mis pensamientos más allá del límite mental.
No
ha pasado mucho tiempo,
pero
¡cuánto corroe su vacío!
A
partir de cierto punto supe lo que sucedería.
Traté
de entregarle amor,
cambiar mis
hábitos,
dejar
de ser el manipulador que soy.
Intenté
convencerme de que lo podía cambiar.
Que
alguien aparecería con una caja mágica
y
revertiría el problema.
Que
más bien su cambio beneficiaría
a
todos.
Que
mis acciones no importaban
porque
cualquier día decidiría lo contrario.
Evidentemente
nada resultó.
Sé
que muchos pensarán que he matado a Dios,
y
seguramente están en lo correcto,
mas
ese no es mi dolor.
Mi
pena reside en la vida sin su presencia.
Difícilmente
superaré haber asesinado
el
último oso polar,
las
ballenas, las abejas
y
sobre todo las flores.
Pero
en el fondo, lo que lentamente me destroza
es
que, a pesar de todos mis intentos,
de
toda mi voluntad,
de
haber apelado por el azar,
mis
acciones tienen una historia
y
un efecto sobre otras:
murió
también la libertad del albedrío.
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