En
el principio lo había todo
el
espacio
el
tiempo.
El
universo entero concentrado
en
el espacio inerte.
Cuando
Dios comenzó a estudiarse en el cielo y la tierra,
la
tierra ya tenía forma,
y
todo en ella tenía vida.
Las
aguas le generaban
una
gran curiosidad,
y
sobre la superficie de la tierra
se
movía el espíritu de Dios.
Sintió
entonces Dios
miedo, hambre, dolor.
Que
ya no era, no fue, ni sería Dios.
¡Y
al instante hubo humanidad!
El
primogénito símbolo,
nacido
de la negación.
Al
encontrar la belleza de su arte,
decidió
usar el símbolo
en
todo
espacio
-tiempo.
Estudió
la luz,
el
cielo, la tierra, el mar.
Así
lo hizo con las plantas
y
sus semillas.
La
luna y las estrellas.
Seres
marinos, terrestres y celestes.
Lo
macro y lo micro.
Y
así lo hizo consigo mismo.
Dominó
la técnica,
la
“dialéctica hegeliana”.
Equilibrándose
entre extremos.
Bailando
con el músculo
que
lo separa del resto.
Pellizcando
apenas con cada solución
el
manto de la realidad,
levantó
las pirámides
que
sostienen su máxima creación.
Creó
hermosas obras.
Sobrepasó
los límites
de
lo complejo.
Destruyó
las barreras
de
lo indivisible.
En
una pieza con un inicio
suave
y melodioso
que
escapa del silencio sufrido
y
un clímax
que
orgánicamente llega al acorde sacre
rompiendo
toda métrica,
ritmo, tonalidad…
Entendió
entonces lo humano
que
su estructura,
al
ser parte de la realidad,
es
temporal.
Que,
a pesar de la aparente infinidad,
el
ouroboros bota sangre con cada mordida,
la
piedra de Sísifo se desgasta,
el
Sol pierde energía en todos los amaneceres.
Entonces
queda sólo la decisión
entre
morir
cual
cualquier especie.
Quedar
atrapado en el Samsara,
como
la energía.
Transformándose
siempre
desde
que es un agujero negro
hasta
volver a alguna gran explosión
en
un choque de branas brahmánicas.
O
aprender a usar la entropía,
crecer
en complejidad
y
abrir el camino
Como
el todo
que
sale de la nada.
aceptar
las pirámides
para
trascenderlas.
Como
el impulso necesario
para
crear el sonido
que
abandona a la pelota
con
cada rebote de su ciclo
semi-infinito.
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